
Hace tremendamente mucho tiempo que no escribo nada de nada. A pesar de que en Septiembre me embarqué en Aventuralandia Ship y recorrí el Sur de Chile como cincuenta veces y vi miles de maravillas... no sé. A ratos me daban ganas de tomar nota de lo que me pasaba o lo que había afuera, pero nunca concreté las buenas intenciones y los recuerdos no se plasmaron en ninguna parte.
Puedo decir que vi glaciares majestuosos, aunque suene cursi. Porque sí los vi y sí son majestuosos, de una majestuosidad que deja a la altura del unkto al más rey.
También puedo decir que conocí Puerto Chacabuco (que es una caleta de pescadores de poco más de una cuadra) y las termas de Puyuhuapi (ultra top, ultra caras y ultra en reparaciones cuando me bajé a ver unos enfermos que había), Juan Fernández (gran isla, viviría allá sin dudarlo) y el famoso y nunca bien ponderado Cabo de Hornos (con la Presidenta de la República a bordo y todo, qué se creen)... pero igual ya no, ya.
La verdad, escribo hoy día porque anoche fui a Misa.
Después de un día lleno de desilusiones y discusiones por las mismas leseras de siempre, esas que me hacen dudar respecto de muchas cosas y temer respecto de muchas otras, fui a la Vigilia Pascual en San Benito. Creo que había ido antes, pero en la Capilla del Hospital Naval, así es que el tema de la bendición del fuego y el agua me la había perdido. La renovación de las promesas bautismales se me había olvidado. Y obvio que no me acordaba de que eran como ocho lecturas, con sus salmos (cantados), más el Evangelio.
No, no fui por un repentino y milagroso retorno al redil. Fui porque mi Jaime leía la tercera lectura. Me tuve que sentar adelante, todo el tiempo con miedo de que alguien me viera la cara de católica arrancada y me echara con bolas de fuego y cosas... (de hecho, había un par de señoras que me miraban con poco cariño. Brujas.)
Y, a pesar de todo... al final, hasta cantaba. Y no sé por qué (atávicas constumbres no abandonables, porque la conciencia puede más que los músculos, supongo), me arrodillé y me emocioné cuando llegamos al "Este es el Cordero de Dios...". Claro, es que a mi me enseñaron que ante la Hostia Consagrada uno se agacha y punto. Aunque yo me haga la chora todo el rato afuera de la Iglesia y diga "qué tanto, si es pan no más y no tiene ni levadura la cuestión".
Resulta que parece que no es pan, no más. Al menos en mi mente, no es "pan, no más". Es harto más que pan. Tanto más, que me caían lágrimas (después le eché la culpa al incienso, para no ponerme tan reconvertida de un suácate). No sé qué va a pasar conmigo, ahora. Porque resulta que, cuando uno se da cuenta de que se emociona con un ex-pedazo de pan, la cosa está color de hormiga. El agnosticismo buena onda ya no funca mucho. Y no me quedan muchos buenos argumentos.
Sí, el Papa me cae mal. Los curas no son muy de mi devoción tampoco. Y Jesús todavía me suena un poco a leyenda urbana del siglo II (que Dios me perdone, pero es la verdad). Pero el El, el Verbo, el Alfa-Omega de la vida... le ganó por goleada a mi panteón pagano, parece. Lo echo de menos, a El. Me dan ganas de rezarle de nuevo.
¿Me estaré poniendo vieja? ¿O estaré muerta de susto por la cuestión de la beca y no me atrevo a andar así, sin Dios, por la vida? ¿O querré, simplemente, dejar de pelear conmigo por creer en algo en lo que, definitivamente, sí creo?
No sé nada. Entiendo casi nada, salvo las lágrimas del alma cuando me arrodillo ante lo que quiero creer que es Dios ¿tan
simple minded me he vuelto? Me doy vergüenza... pero no me importa.
Veremos, pues. A lo mejor es el asunto de la Semana Santa, no más. Y de aquí al próximo viernes, se me pasa.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi
Miserere me...