
Mis manos.
Mis manos en tu frente, midiendo la temperatura.
Mis manos sosteniendo una linterna, para ver tu garganta.
Mis manos, remojando paños para poner, con cuidado, sobre tu cuello y tu torso desnudo.
Mis manos que tiemblan ante la sola idea de producirte dolor.
Cada gemido febril arranca otro, silente, de mi corazón. Pero ¿qué hacer, si no? ¿qué, si la fiebre te envuelve y te cansa?
He aprendido tantas cosas sobre cómo funcionan y dejan de funcionar los cuerpos... pero cuando se trata del tuyo, me muero de miedo. El tuyo no debiera fallar, nunca. Lo que sé no debiera tener que usarlo contigo...
No me gusta verte enfermo. No me gusta saber que tus músculos están cansados por los escalofríos. No me gusta saber que un sudor malsano ha empapado tus ropas, que el frío te causa dolor y el calor te incomoda. No me gusta ver tus labios resecos y saber que no me dejarás besarlos por miedo al contagio. No me gusta sentir tus músculos hechos un nudo, que no puedo deshacer por falta de tiempo y espacio.
Y a pesar de todo, sonríes. Y cada pequeño bienestar, lo atribuyes a mi. Como si yo hubiera hecho algún tipo de magia antigua y extraña. Y yo no sé más que lo que sé... lo que ocurre, molécula a molécula, con tu enfermedad. Y sé que demorará tres o cuatro días. Y sé que, mañana o pasado, estarás de nuevo en pie, fuerte y radiante, como siempre. Mas temo. Siempre temo. Porque, con todo lo médico que puedo ser, no soy más que una mujer asustada y débil cuando te veo enfermo.
Y mis manos no sirven para diagnosticar nada en tí. Lo único que buscan es darte alivio.
Lo siento, amor mío... pero para tí no soy más que la mujer que sufre si tú sufres. Y que sólo sonríe cuando tú sonríes.

