sábado, marzo 31, 2007

Eyes of mercy



Silencio, cierra tus ojos
Y yo te mantendré seguro
Te dejaré sollozar
Y cantaré para que duermas

No tengas miedo
Recuerda que estoy aquí
El ruido de la calle desaparecerá pronto

Cuando el suave rostro de la misericordia
Se pierda tras un velo
Yo me quedaré con los ojos abiertos
Me quedaré aquí con los ojos abiertos
Para velar por tí
Y llevarme lejos la tristeza y el miedo

Escóndete en mis brazos
Y sueña sueños dorados,
Olvidando el mundo
De hombres y máquinas

Cuando los suaves ojos de la misericordia
Estén cegados por la oscuridad
Yo me quedaré con los ojos abiertos
Me quedaré aquí con los ojos abiertos
Para velar por tí
Y llevarme lejos la tristeza y el miedo

Yo estaré aquí

No es mío, es de October Project. La música de ellos la conocí hace años, gracias a un amigo. Las letras, en su gran mayoría, son preciosas. La traducción hace que se pierda un poco el espíritu de la canción, pero que se le va a hacer.

A veces me echo y pienso en lo bueno que debe ser que haya alguien velando por uno. No mis padres, que a veces dan más la impresión de ser lazarillos (y de verdad deben creer que estoy ciega y no sé ver lo que es bueno para mi...).
A lo mejor estoy ciega y no veo lo que es mejor para mí. A eso también le doy vueltas, en el silencio de la noche. Pero no creo que importe mucho. Ciega o no, persisto en un camino porque me gusta. Aunque hay veces en que quisiera dejar todo y tomar el camino paralelo, ese que dejé atrás en alguna encrucijada, ahora perdida en la distancia. Tal vez ya no exista el camino paralelo.
Hay quien se ríe de mi por el brillo en mis ojos. Cuando hablo de, o pienso en, aquello que quiero, más que nada en el mundo. Tampoco importa mucho, al menos no en un sentido negativo. Celos, pueden ser, de no tener motivo para que brillen los ojos, o de no tener a alguien cuyos ojos brillen por uno. Ahora bien, no sé si haya ojos que brillen por mí. Salvo, tal vez, los de mi padre, cuando comenta mis logros. Sí los hay que han llorado por mi causa y eso, probablemente, sea el motivo más poderoso para pensar, una y otra vez, en volver al camino paralelo.
Los suaves ojos de la misericordia... ¿existirán en alguna parte? ¿o estarán, para mí, siempre cegados por la oscuridad?
Dios dirá. Mientras tanto, espero.
Y estoy aquí, siempre.

domingo, marzo 25, 2007


De a poco... y veremos.
Hoy fue un buen día, contra todo pronóstico.

I’m not right
And I’m not fine
I wanna be rain that tastes like wine
I wanna be good
I wanna be great
I wanna be everything
Except for your mistake

Send me inside
Your mind
I wanna know what you’re thinking
This time
I’ll try
To be the one you always thought you knew

It’s true
I’m blue
And without you
I’m not right
I’m not fine
I wanna be rain that tastes like wine
I wanna be good
I wanna be great
I wanna be everything
Except for your mistake

Let me into
Your view
I wanna know how you see this thing
That’s us
I must
Keep managing my madness over you

It’s true
I’m blue
And without you
I’m not right
I’m not fine
I wanna be rain that tastes like wine
I wanna be good
I wanna be great
I wanna be everything
Except for your mistake

And I don’t want your sympathy
Just understanding
Would we be better off if I just took some time
To try to understand you?

I’m not right
I’m not fine
I wanna be rain that tastes like wine
I wanna be good
I wanna be great
I wanna be everything
Except for your mistake

I’m not right
I’m not fine
I wanna be rain that tastes like wine
I wanna be seen
I wanna get clean
I wanna just fall out of in between
I’m not right
And I’m not right
I don’t want to be your mistake

jueves, marzo 22, 2007

Flores


I

La pareja de sucios cazadores se asomó tras una roca, procurando no hacer ruido. El alce herido al que habían seguido desde hacía cuatro salidas del sol alzó las orejas y husmeó el aire quieto y tibio de la tarde de primavera. Aparentemente satisfecho, agitó su cornamenta rota y bajó la cabeza para volver a pastar.

H’gaa miró a su compañero. Sus ojos castaños brillaban con el placer anticipado de la caza, desde debajo de sus espesas y negras cejas. La frente abultada, usualmente arrugada por las preocupaciones diarias se distendió y sus gruesos labios se curvaron hacia arriba en una mueca que no encerraba, como bien sabía Wnre, amenaza alguna. La presa estaba tan cerca que podían oler el sudor de su piel. Wnre gruñó por lo bajo, también denotando satisfacción. Los homínidos se deslizaron lenta y silenciosamente desde detrás de la roca, sus toscas armas levantadas. La de H’gaa mostraba numerosas marcas, señalándolo como uno de los mejores cazadores del clan. La superficie rugosa del mango de la lanza de Wnre estaba tan limpia como cuando la rama había sido recogida por primera vez del suelo. Intercambiando una última mirada con su compañero, H’gaa inclinó la cabeza y, rugiendo, corrió hacia el alce. Wnre lo siguió, profiriendo un grito bastante menos amenazante. El alce levantó la cabeza y sus ojos parecieron salirse de las órbitas, llenos de pánico. Intentó correr, pero su pata trasera izquierda se arrastró inútilmente por el pasto. H’gaa rugió con más fuerza, presintiendo la victoria y se abalanzó sobre el animal, hundiendo su lanza profundamente en el cuello. El alce, enloquecido de dolor y miedo, agitó la cabeza con toda la fuera que le fue posible, forzando al cazador a soltar su lanza. H’gaa resopló, incorporándose, mientras Wnre clavaba su arma en el costado del animal agonizante. El alce se desplomó con los ojos fijos en el horizonte. Burbujas de sangre roja y brillante brotaban de su hocico y nariz. Saltando, eufóricos por la matanza y la expectativa de alimento, H’gaa y Wnre no percibieron la amenaza a sus espaldas. El alce bramó, desesperado… y un rugido atronador llenó el pequeño valle. Wnre se volteó y miró al enorme tigre directo a los ojos. El felino gruñó y Wnre golpeó a H’gaa en el hombro, al tiempo que empezaba a retroceder. H’gaa gimió con una mezcla de miedo y frustración. La presa no sería suya. No tenían más armas y habían decidido salir solos para no compartir la gloria ni la carne. El tigre volvió a gruñir, esta vez con menos tono de amenaza, al ver que los pequeños bípedos se alejaban lentamente de la presa. De un salto, se ubicó entre ellos y el alce muerto, agitando la cola. Wnre y H’gaa, cabizbajos, voltearon y se alejaron a paso vivo del sitio de la matanza. De lejos, podían oír los gruñidos de satisfacción del tigre, secundados por los de protesta de sus estómagos vacíos.

H’gaa se golpeó la cabeza con ambas manos y miró a Wnre con expresión de profunda desazón. Wnre le correspondió con una mueca y un encogimiento de hombros.

De pronto, Wnre se detuvo. H’gaa, sin notarlo, dio tres o cuatro pasos antes de voltearse a mirar. Wnre estaba inclinado sobre una piedra, junto a la que corría un pequeño arroyuelo y cogía delicadamente algo con los dedos. H’gaa se acercó a ver de qué se trataba, esperando que fuera algún tipo de insecto comestible. En su lugar, vio a Wnre levantar una pequeña flor azul. Cinco pétalos delicados rozaban los dedos toscos y peludos del cazador. Wnre sonrió, satisfecho y continuó caminando. H’gaa lo miró y agitó la cabeza, levantando un brazo y golpeando a Wnre en la nuca. Entre gruñidos y silbidos, le preguntó para qué demonios se había detenido a recoger semejante tontería, que ni siquiera podía comerse. Wnre apoyó la flor contra su pecho, donde cada noche descansaba la única otra cabeza en el clan que le importaba, y respondió: “Para Ruu’dh”.

II

Encorvado y sudoroso, Even tiró nuevamente de la gruesa cuerda de junco, sus manos llenas de sangrantes ampollas, pese a ser ya callosas. Djed, el guardia egipcio, le dedicó una sonrisa de aprobación. Even era uno de los mejores esclavos judíos que poseían. Trabajaba de sol a sol, jamás se quejaba y, en ocasiones, era capaz de completar las labores de dos o tres hombres. Gur, el mejor amigo de Even, cargaba enormes sacos de harina de trigo hacia los silos construidos en la base de la montaña que dominaba el pequeño valle. Mirando por sobre el hombro, Gur guiñó un ojo a su amigo y sonrió. La jornada terminaría pronto y la piedra que desplazaba el grupo de trabajo de Even ya casi estaba sobre la plataforma que la izaría para formar parte de la base de una nueva tumba. Even sonrió de vuelta. Delante de él, un anciano cayó al suelo. Conteniendo el aliento, el resto de los esclavos en la línea esperaron a oír el chasquido del látigo de Djed o alguno de los otros guardias; Even fue más rápido. Soltando la cuerda, interpuso su cuerpo entre el guardia y el anciano y miró fijamente a Djed mientras tendía una mano al caído. Djed se limitó a asentir y a indicar al anciano que saliera de la línea. Ante la mirada disgustada de Manti, el guardia que había más cerca, Djed explicó con brusquedad que el anciano sólo retrasaría a la línea de esclavos. Y que Even era capaz de hacer el trabajo que el anciano dejaría. Even bajó los ojos, agradecido y cogió nuevamente la cuerda. Las manos le ardían y los músculos de sus brazos amenazaban con cortarse, pero se echó la cuerda al hombro. A la cuenta del primero de la línea, continuaron tirando de la inmensa piedra, mientras el sol iniciaba su lento descenso hacia el horizonte.

Manti, ofendido por el despliegue de piedad de Djed, avanzó hasta ponerse al lado de Even.

“Si te detienes”, le susurró, con el veneno de mil áspides fluyendo en su voz, “me obligarás a azotarte hasta que el sol se ponga, esclavo”. Como para reafirmar su punto, hizo restallar el látigo contra el suelo, a milímetros del pie de Even. El resto de los esclavos de la línea se encogieron, un reflejo adquirido tras años de ser golpeados. Pero Even mantuvo su postura inalterable y, por toda respuesta, dio otro fuerte tirón a la cuerda.

Gur, que había presenciado la escena desde el camino a los silos, se golpeó suavemente la frente con la mano. Otro esclavo que pasaba por su lado le dio una palmadita en la espalda y murmuró: “Ese no aprenderá nunca… tuyo es el nombre, Gur. Pero el corazón del León es de Even”.Sin decir palabra, Gur cargó otro saco de harina y reanudó la marcha hacia los silos. No pudo, sin embargo, borrar la sonrisa de su rostro.

A lo lejos, desde el río, llegaban los ecos de la charla de las mujeres. Even, olvidando el peso, el sol, el dolor y el cansancio, se concentró para ver si lograba aislar la voz de ella, la que representaba su único motivo y su único descanso. Ella, que le estaba prometida. Y que le había prometido su corazón, por voluntad propia. Recordó sus profundos ojos negros, llenos de sombras misteriosas y sueños de libertad. El aroma de su cabello, a higos frescos y miel. Even siempre se preguntaba cómo podía ella oler así. Y le apenaba su propio hedor, a sudor, sangre y polvo.

Perdido en sus cavilaciones, de pronto notó algo a la orilla del camino. Giró la cabeza para mirar y frunció el entrecejo. Un nenúfar azul, abierto a la luz del sol, descansaba en una pequeña poza de agua ¿qué hacía aquella flor allí, tan lejos del río? Sonrió, pensando que de alguna manera, magia tal vez, ella se las había arreglado para enviarle compañía y consuelo. Sin pensarlo dos veces, soltó la cuerda y se agachó para recoger la flor, poniéndola entre el borde de su taparrabos y la piel. Antes de que pudiera levantarse, sintió el agudo y lancinante dolor del látigo en su espalda. Una y otra vez Manti lo azotó, hasta que bajo su piel se veían largas franjas de músculo expuesto. Even aguantó estoicamente, apoyado sobre manos y rodillas, evitando que el látigo dañara la flor. Con lágrimas en los ojos, vio como enormes gotas de sangre manchaban los suaves pétalos. De pronto y sin aviso, sintió que algo caía pesadamente a su espalda. Cerró los ojos, pero el murmullo sorprendido de sus compañeros de línea lo obligó a mirar. Manti yacía de bruces en el suelo y un hilillo de sangre formaba un minúsculo torrente que arrastraba arenilla y hormigas desde su sien hacia los pies de Even. Una mano se apoyó en su cabeza, mientras otra le ayudaba a incorporarse. Agonizando de dolor, mantuvo la espalda encorvada, pero levantó la cabeza para mirar a su benefactor.

Djed le dirigió una sonrisa torcida y fijó los ojos en la flor. Even intentó mover la mano para protegerla, pero dejó caer el brazo con una mueca de dolor. Levantó los ojos hacia el egipcio. El guardia, sin dejar de sonreír, cogió delicadamente el nenúfar.

Un poco más atrás, en el camino, Gur miraba la escena, boquiabierto y petrificado por la sorpresa. Djed le hizo una seña para que se acercara, mientras preguntaba algo a Even. Gur se apresuró a llegar al lado de su amigo y, con cuidado, lo cogió por la cintura, que estaba relativamente indemne.

“Llévatelo y cúrale las heridas. Ya veré yo como explico esto, pero no iba a dejar que ese idiota matara a mi mejor esclavo”, dijo el egipcio.

Gur inclinó la cabeza en señal de asentimiento y, obedientemente, se llevó a Even hacia el pequeño caserío que ocupaba su tribu.

“¿Qué fue eso, Even? ¿En qué estabas pensando?”

Even, demasiado débil como para responder, sencillamente miró a su amigo y sonrió.

“Yahvé te proteja, pobre tonto… un día de estos van a matarte”, dijo Gur.

Djeb se alejó por el camino al río, el corazón extrañamente liviano. En una mano acunaba a la flor azul. Y en su mente resonaba la respuesta del esclavo:

“Para Hedya…”.

martes, marzo 20, 2007

Abismos


Hay un abismo enorme. Y mis piernas no pueden saltarlo. Mis manos han olvidado como construir puentes. Mis ojos te buscan al otro lado y no veo más que sombras. A veces, tu silueta como la recuerdo se insinúa entre los árboles. Mis labios forman el nombre con el que te conocía y mi garganta emite los sonidos, pero no pareces oirme. Grito hasta quedar sin aire, pero te alejas. ¿Será que has olvidado tu nombre? ¿Será que has olvidado mi voz?
¿Qué has encontrado al otro lado, que te aleja y te vuelve sordo?
Una lágrima rueda, solitaria, por mi mejilla. La odio. La desprecio. Me desespera lo que significa... me desespera la distancia, porque sé que es más grande que el abismo, más profunda que el bosque al otro lado, más oscura que las sombras que te esconden. La sé insalvable. Sé que jamás voltearás para considerar siquiera mirar hacia mi lado del abismo.
¿Qué hacer? Me lo pregunto una y otra vez, en noches sin estrellas, en amaneceres que queman los ojos. ¿Dónde está la luna, que iluminaba todo, alguna vez? ¿Dónde el océano profundo y extenso, que calmaba mi alma con cada rugido de sus olas? Nada. Nada más que el viento, silbando y llamándome desde el yermo a mis espaldas. Temo dar la vuelta. Temo darte la espalda. Porque el yermo puede resultar no ser tal. El vacío que espero encontrar podría estar lleno de nuevos olores, de nuevos colores, de felicidades que no creía posibles.
Pero si no volteas, si no respondes... si ni tú ni yo somos capaces de establecer algún tipo de pasadizo, ¿qué alternativa me queda? Tal vez permanecer de pie, al borde del abismo, esperando a que el sol y el viento se coman mi carne y transformen mis huesos en polvo, que pueda cruzar el vacío y encontrarte. Y si el polvo de la que fui te encuentra y lo sacudes con disgusto, todo habrá sido en vano. Y si se pierde entre ramas y rocas, todo habrá sido en vano.
No veo salida. Salvo aquello que yace a mis espaldas. Pero temo. Temo dar la vuelta, temo darte la espalda.
Y volar... he olvidado como volar.
Recuerden, por favor, tus manos, como se construye un puente.
Recuerda tu nombre.
Recuerda mi voz.
Recuérdame y no desaparezcas.

When I saw you for the first time
Eyes the color of the ocean
Something moved inside of me
Long forgotten lying broken

Now I can't turn away
Watching you as you lay sleeping
Can you hear winds of change
Is this something to believe in

I lost direction in the darkness
Couldn't stop myself from running
I could feel the sun on my back
But I was afraid to let the light in

Now I can't run anymore
Now I see this gift you bring me
Can you hear winds of change
Maybe this loser's luck is turning

I will carry you in my heart
I will hold you in my memory
You could be a million miles away
But when I call
You will hear me

viernes, marzo 16, 2007

Cosas que hacer


Dibujado cuando chica. O sea, antes de los veinte.

Era mi idea de como se han visto las mujeres en la historia del mundo.

Ahora tendría que agregar oficiales de marina chilenas, de uniforme azul, con traje camuflado, fusil en mano, en campaña, en buzo de vuelo, en el mar requetecongelándose pero apelando con desesperación a las benditas neuronas del orgullo...

Hoy fue aburrido. Mañana no va a ser aburrido. Tener auto es choro, hasta que hay que pagar el permiso de circulación. Tener a la mamá-pesadilla de viaje es óptimo, hasta que hay que hacerse cargo del almuerzo del fin de semana (sí, patéticamente aun viviendo con mis padres... pero debo decir en mi defensa que viví dos años sola en el traste del mundo y no fue rico). Tengo que llevarle apoyo logístico a mi amiga Claudia, que se va a jugar a la guerra con los gringos por dos semanas. Y, de paso, robarle un vestido decente para la famosa fiesta de aniversario de la Aviación Naval, del próximo viernes (tengo tenida camuflada, buzo de vuelo, botas y bototos varios, pero vestidos... ni hablar. A veces apesto como mujer.)

Y en la tarde... baste con decir que muchos meses de lágrimas y esperanzas vanas resultaron no ser tan malgastados. Al menos no me voy a quedar con las puras esperanzas.

Tengo ganas de subir un cerro. O de perderme en un bosque. O de sentarme a la orilla de un lago. De preferencia, después de haber nadado un rato en el lago. Tengo ganas de tener mi cabañita de troncos en un campo del sur y sentarme a leer con un buen tazón de chocolate caliente y la chimenea prendida, mientras afuera se raja lloviendo y de la cocina sale olor a galletas de avena recién hechas. Y tengo ganas de andar a caballo, también. Por lo pronto, el Domingo me voy a Santiago a terminar de una vez por todas con el curso de Medicina Aeroespacial, para que me den el dichoso albatros-piocha y poder continuar con el largo-no-tan-largo camino a la cabañita en el campo. Por lo pronto, mi vida avanza a paso de tortuga, pero al menos mañana no va a ser aburrido.
I want to be the one
To say that I found you safe
And held you in my arms
I want anyone else in the world
To tell me
That they did too
And took you home

Across the field and to your door
And said, hey baby it’s cool,
There’s no reason to be scared anymore.
Took you home
And held you in, held you in, held you in.

Just stay home
Don’t come outside to play
Circumstance beyond control
I feel so helpless
Mind is racing and breaking
Me in to a million pieces
Because I can’t

Take you home
Across the river and to your door
Take you home and
Cut through the darkness
You don’t have to cry anymore
Take you home
And hold you in, hold you in, hold you in.

Take you home
Across the sea and to your door
Take you home
But I’m so scared
That home isn’t here anymore
Take you home
And hold you in
Through the nightshade and under the stars
And hold you in...
Escuchada hoy en Pandora. Es muy linda y, de algún modo, son mis miedos.

miércoles, marzo 14, 2007

Todo de Nuevo


Asesiné a mi blog. Sí. Me pareció que era el minuto de hacer la del fénix y renacer de las cenizas.

No sé muy bien de que se va a tratar esto de aquí en adelante; pero ya lo resolveré en el camino, como tantas otras cosas.

Ayer nadé la famosa milla medida.

Tenía pánico de lanzarme del helicóptero. Pánico de azotarme la cabeza contra el patín, o de que se me enredara una pierna en el idem o algo así. Lo único que quería era estar de una vez por todas en el agua, que, aunque gélida, siempre me ha parecido más segura que el vacío.

De que estaba helada el agua, estaba. Y el día estaba nublado. Y el mar, agitado.

Nadé y nadé y nadé y, al principio, parecía como si no avanzara nada. A ratos, una vez que ya había avanzado un poco, miraba a mi alrededor por encima de las olas (cuando se ponían buena gente y dejaban mirar...). Debe ser bastante angustioso estar solo en el medio del mar. Aunque a uno le guste MUCHO el mar. Y a mi me FASCINA el mar.

Afortunadamente, nadé bien, mantuve un buen ritmo y llegué quinta de doce. Lo cual me ganó respeto y consideración por parte de toda esa gente que yo sé que pensaba que "la niñita" no iba a durar ni dos minutos e iba a terminar envuelta en una frazada en la playa, esperando a que los hombres finalizaran una tarea propia de ellos. Una vez más, EN SUS CARAS!!

Y bueno. También volé en un PC-7. Y vomité. Por primera vez en mi vida estuve lo suficientemente mareada como para vomitar. Humillante. Desagradable. Y culpa del Eugenio, que no me hizo caso y me llevó a almorzar, negando la lógica milenaria que indica que sin comida en la guata, no hay vómito (a lo más unas pocas babas espesas).

El resto de mi vida va bien. El "Sí" de Kioskerman me abrió toda una nueva gama de esperanzas. Y otros síes y la publicación de una imagen con dedicatoria en el único otro blog que leo regularmente hacen que mañana aparezca bastante más luminoso y agradable que ayer.

En fin. El dibujo es un regalo para Jaime, quien sugirió que debiera empezar a poner mi obra en el blog. Una suerte de elfa, no de los mejores dibujos de mi vida, pero es un comienzo.