domingo, agosto 10, 2008

Desesperación


Estoy cansada. Anoche, durante la larguísima conversación-pelea-cobranza de sentimientos con mis padres, consideré seriamente salir corriendo al balcón y más allá y el pavimento duro casi no me parecía tan mal final... salvo lo histericoide de la situación.
Pero no, no es eso lo que me detuvo anoche, no es eso lo que me detiene cuando veo venir un camión lo suficientemente grande como para transformarme en mermelada...
Tú me detienes. Tú me sostienes. No el amor a tí, ni la idea de tí, ni el pensar en tu pena si me voy. Tú, no más. Tu sola existencia es motivo sufuciente para la mía.
No sé qué hacer. No quiero hacer nada. No quiero ser nadie. Pero sí quiero seguir viéndote todos los días. Sí quiero seguir siendo parte de tí.
No has llamado en todo el día y no sé por qué. Tampoco he llamado yo, ni he hecho el aseo, ni fui a misa (que quería, de verdad quería... pero está ese algo oscuro y viscoso que me aprieta y pega mis pies al suelo y mi alma a la sombra y no me deja ánimo).
La desesperación es abrumadora. Ni siquiera es desesperanza, que al menos explica cosas. Es desesperación pura y simple, porque quiero saber para donde voy y quien soy (quien soy YO, no quien quieren los demás que yo sea), quiero tener vida propia y respirar aire propio, quiero libertad y no la tengo y parece que no la fuera a tener jamás...
No hables de amarrarme con oros ni brillantes. No son amarras, no para mí. Son las naves al oeste ¿Cuándo me llevarás por fin al oeste? ¿Y es allá donde no importa si no quiero nada, o si no soy nada más que la mujer que te ha querido desde antes del inicio de los tiempos?
Dime que sí, aunque no lo sepas. Dime que sí y dame un poco más de tiempo, un poco más de fuerza.
La foto de Reñaca es preciosa, creo yo. Pero, si la miro mucho, es el lugar en donde estoy ahora. Mordor, dijo el que la tomó.
Y ya ni siquiera sé de qué estoy escribiendo. Sombras y más sombras, densas como el alquitrán, oscuras como el vacío y con una fuerza tan inmensa... tan inmensa.
Si hay un Dios (y sé que lo hay, debe haberlo), necesito su ayuda.
Y si tú puedes cargar con Atlas y el mundo y los elefantes y una enorme tortuga, suelta un dedo y cárgame a mí, porque ya no puedo más. No doy más.
Hacia donde mire, el vacío. Cada latido de mi corazón grita "¡Desespérate y muere!", como la Bruja a Aslan.
La Nada está destruyéndolo todo. Y no hay nombre para la niña Emperatriz, no hay un Bastián soñador ¿o sí?
No sé nada, mi amor. Nada de nada. Y mañana, de vuelta a sentarme frente al microscopio, a leer páginas y páginas de configuraciones celulares que nada tienen que ver con lo que espero de la vida. A escribir páginas y páginas de informes que a veces le cortan a alguien todas las esperanzas, también. Y así, horas que pasan mientras pienso y pienso y no entiendo y no decido y no quiero.
Estoy cansada.

1 comentario:

JGuarello dijo...

Mi vida.
Me pediste que no leyera.
Y no necesitaba leer, pues tu y yo estamos hechos de la misma cosa, sea madera, tierra, estrella, o todo junto y siento como tu sientes.
La pregunta es siempre para qué, ya no por qué, no nos preguntamos ni sufrimos por los crímenes que se nos imputan, si no por la utilidad de esta pena terrible que se nos ha impuesto. Yo en verdad no le encuentro sentido a nada en si mismo. A veces me gustaría nunca más hacer un mueble, ni plantar ni una planta, solo detenerme y ver el mundo desde otra perspectiva, pues siento lo mismo que tu sientes al plantarte frente al microscopio.
Pero tengo una respuesta al para qué: para amarte. Solo entonces cobra algún sentido todo lo demás.
El mundo entero es una bruma penumbrosa de la cual es preciso dudar y por supuesto odiar y repeler, a menos que estés tu: tu eres la luz que descubre colores y formas.
¿para qué todo? para amarte.
¿para qué tu microscopio? algo debe tener, a mi me gustaban los microscopios (y me gustan).

Tuyo, JGM.