jueves, marzo 22, 2007

Flores


I

La pareja de sucios cazadores se asomó tras una roca, procurando no hacer ruido. El alce herido al que habían seguido desde hacía cuatro salidas del sol alzó las orejas y husmeó el aire quieto y tibio de la tarde de primavera. Aparentemente satisfecho, agitó su cornamenta rota y bajó la cabeza para volver a pastar.

H’gaa miró a su compañero. Sus ojos castaños brillaban con el placer anticipado de la caza, desde debajo de sus espesas y negras cejas. La frente abultada, usualmente arrugada por las preocupaciones diarias se distendió y sus gruesos labios se curvaron hacia arriba en una mueca que no encerraba, como bien sabía Wnre, amenaza alguna. La presa estaba tan cerca que podían oler el sudor de su piel. Wnre gruñó por lo bajo, también denotando satisfacción. Los homínidos se deslizaron lenta y silenciosamente desde detrás de la roca, sus toscas armas levantadas. La de H’gaa mostraba numerosas marcas, señalándolo como uno de los mejores cazadores del clan. La superficie rugosa del mango de la lanza de Wnre estaba tan limpia como cuando la rama había sido recogida por primera vez del suelo. Intercambiando una última mirada con su compañero, H’gaa inclinó la cabeza y, rugiendo, corrió hacia el alce. Wnre lo siguió, profiriendo un grito bastante menos amenazante. El alce levantó la cabeza y sus ojos parecieron salirse de las órbitas, llenos de pánico. Intentó correr, pero su pata trasera izquierda se arrastró inútilmente por el pasto. H’gaa rugió con más fuerza, presintiendo la victoria y se abalanzó sobre el animal, hundiendo su lanza profundamente en el cuello. El alce, enloquecido de dolor y miedo, agitó la cabeza con toda la fuera que le fue posible, forzando al cazador a soltar su lanza. H’gaa resopló, incorporándose, mientras Wnre clavaba su arma en el costado del animal agonizante. El alce se desplomó con los ojos fijos en el horizonte. Burbujas de sangre roja y brillante brotaban de su hocico y nariz. Saltando, eufóricos por la matanza y la expectativa de alimento, H’gaa y Wnre no percibieron la amenaza a sus espaldas. El alce bramó, desesperado… y un rugido atronador llenó el pequeño valle. Wnre se volteó y miró al enorme tigre directo a los ojos. El felino gruñó y Wnre golpeó a H’gaa en el hombro, al tiempo que empezaba a retroceder. H’gaa gimió con una mezcla de miedo y frustración. La presa no sería suya. No tenían más armas y habían decidido salir solos para no compartir la gloria ni la carne. El tigre volvió a gruñir, esta vez con menos tono de amenaza, al ver que los pequeños bípedos se alejaban lentamente de la presa. De un salto, se ubicó entre ellos y el alce muerto, agitando la cola. Wnre y H’gaa, cabizbajos, voltearon y se alejaron a paso vivo del sitio de la matanza. De lejos, podían oír los gruñidos de satisfacción del tigre, secundados por los de protesta de sus estómagos vacíos.

H’gaa se golpeó la cabeza con ambas manos y miró a Wnre con expresión de profunda desazón. Wnre le correspondió con una mueca y un encogimiento de hombros.

De pronto, Wnre se detuvo. H’gaa, sin notarlo, dio tres o cuatro pasos antes de voltearse a mirar. Wnre estaba inclinado sobre una piedra, junto a la que corría un pequeño arroyuelo y cogía delicadamente algo con los dedos. H’gaa se acercó a ver de qué se trataba, esperando que fuera algún tipo de insecto comestible. En su lugar, vio a Wnre levantar una pequeña flor azul. Cinco pétalos delicados rozaban los dedos toscos y peludos del cazador. Wnre sonrió, satisfecho y continuó caminando. H’gaa lo miró y agitó la cabeza, levantando un brazo y golpeando a Wnre en la nuca. Entre gruñidos y silbidos, le preguntó para qué demonios se había detenido a recoger semejante tontería, que ni siquiera podía comerse. Wnre apoyó la flor contra su pecho, donde cada noche descansaba la única otra cabeza en el clan que le importaba, y respondió: “Para Ruu’dh”.

II

Encorvado y sudoroso, Even tiró nuevamente de la gruesa cuerda de junco, sus manos llenas de sangrantes ampollas, pese a ser ya callosas. Djed, el guardia egipcio, le dedicó una sonrisa de aprobación. Even era uno de los mejores esclavos judíos que poseían. Trabajaba de sol a sol, jamás se quejaba y, en ocasiones, era capaz de completar las labores de dos o tres hombres. Gur, el mejor amigo de Even, cargaba enormes sacos de harina de trigo hacia los silos construidos en la base de la montaña que dominaba el pequeño valle. Mirando por sobre el hombro, Gur guiñó un ojo a su amigo y sonrió. La jornada terminaría pronto y la piedra que desplazaba el grupo de trabajo de Even ya casi estaba sobre la plataforma que la izaría para formar parte de la base de una nueva tumba. Even sonrió de vuelta. Delante de él, un anciano cayó al suelo. Conteniendo el aliento, el resto de los esclavos en la línea esperaron a oír el chasquido del látigo de Djed o alguno de los otros guardias; Even fue más rápido. Soltando la cuerda, interpuso su cuerpo entre el guardia y el anciano y miró fijamente a Djed mientras tendía una mano al caído. Djed se limitó a asentir y a indicar al anciano que saliera de la línea. Ante la mirada disgustada de Manti, el guardia que había más cerca, Djed explicó con brusquedad que el anciano sólo retrasaría a la línea de esclavos. Y que Even era capaz de hacer el trabajo que el anciano dejaría. Even bajó los ojos, agradecido y cogió nuevamente la cuerda. Las manos le ardían y los músculos de sus brazos amenazaban con cortarse, pero se echó la cuerda al hombro. A la cuenta del primero de la línea, continuaron tirando de la inmensa piedra, mientras el sol iniciaba su lento descenso hacia el horizonte.

Manti, ofendido por el despliegue de piedad de Djed, avanzó hasta ponerse al lado de Even.

“Si te detienes”, le susurró, con el veneno de mil áspides fluyendo en su voz, “me obligarás a azotarte hasta que el sol se ponga, esclavo”. Como para reafirmar su punto, hizo restallar el látigo contra el suelo, a milímetros del pie de Even. El resto de los esclavos de la línea se encogieron, un reflejo adquirido tras años de ser golpeados. Pero Even mantuvo su postura inalterable y, por toda respuesta, dio otro fuerte tirón a la cuerda.

Gur, que había presenciado la escena desde el camino a los silos, se golpeó suavemente la frente con la mano. Otro esclavo que pasaba por su lado le dio una palmadita en la espalda y murmuró: “Ese no aprenderá nunca… tuyo es el nombre, Gur. Pero el corazón del León es de Even”.Sin decir palabra, Gur cargó otro saco de harina y reanudó la marcha hacia los silos. No pudo, sin embargo, borrar la sonrisa de su rostro.

A lo lejos, desde el río, llegaban los ecos de la charla de las mujeres. Even, olvidando el peso, el sol, el dolor y el cansancio, se concentró para ver si lograba aislar la voz de ella, la que representaba su único motivo y su único descanso. Ella, que le estaba prometida. Y que le había prometido su corazón, por voluntad propia. Recordó sus profundos ojos negros, llenos de sombras misteriosas y sueños de libertad. El aroma de su cabello, a higos frescos y miel. Even siempre se preguntaba cómo podía ella oler así. Y le apenaba su propio hedor, a sudor, sangre y polvo.

Perdido en sus cavilaciones, de pronto notó algo a la orilla del camino. Giró la cabeza para mirar y frunció el entrecejo. Un nenúfar azul, abierto a la luz del sol, descansaba en una pequeña poza de agua ¿qué hacía aquella flor allí, tan lejos del río? Sonrió, pensando que de alguna manera, magia tal vez, ella se las había arreglado para enviarle compañía y consuelo. Sin pensarlo dos veces, soltó la cuerda y se agachó para recoger la flor, poniéndola entre el borde de su taparrabos y la piel. Antes de que pudiera levantarse, sintió el agudo y lancinante dolor del látigo en su espalda. Una y otra vez Manti lo azotó, hasta que bajo su piel se veían largas franjas de músculo expuesto. Even aguantó estoicamente, apoyado sobre manos y rodillas, evitando que el látigo dañara la flor. Con lágrimas en los ojos, vio como enormes gotas de sangre manchaban los suaves pétalos. De pronto y sin aviso, sintió que algo caía pesadamente a su espalda. Cerró los ojos, pero el murmullo sorprendido de sus compañeros de línea lo obligó a mirar. Manti yacía de bruces en el suelo y un hilillo de sangre formaba un minúsculo torrente que arrastraba arenilla y hormigas desde su sien hacia los pies de Even. Una mano se apoyó en su cabeza, mientras otra le ayudaba a incorporarse. Agonizando de dolor, mantuvo la espalda encorvada, pero levantó la cabeza para mirar a su benefactor.

Djed le dirigió una sonrisa torcida y fijó los ojos en la flor. Even intentó mover la mano para protegerla, pero dejó caer el brazo con una mueca de dolor. Levantó los ojos hacia el egipcio. El guardia, sin dejar de sonreír, cogió delicadamente el nenúfar.

Un poco más atrás, en el camino, Gur miraba la escena, boquiabierto y petrificado por la sorpresa. Djed le hizo una seña para que se acercara, mientras preguntaba algo a Even. Gur se apresuró a llegar al lado de su amigo y, con cuidado, lo cogió por la cintura, que estaba relativamente indemne.

“Llévatelo y cúrale las heridas. Ya veré yo como explico esto, pero no iba a dejar que ese idiota matara a mi mejor esclavo”, dijo el egipcio.

Gur inclinó la cabeza en señal de asentimiento y, obedientemente, se llevó a Even hacia el pequeño caserío que ocupaba su tribu.

“¿Qué fue eso, Even? ¿En qué estabas pensando?”

Even, demasiado débil como para responder, sencillamente miró a su amigo y sonrió.

“Yahvé te proteja, pobre tonto… un día de estos van a matarte”, dijo Gur.

Djeb se alejó por el camino al río, el corazón extrañamente liviano. En una mano acunaba a la flor azul. Y en su mente resonaba la respuesta del esclavo:

“Para Hedya…”.

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